Poesía del favorito

Salvo el crepúsculo, uno de los libros que conseguí hace tiempo, en esas librerías de tradición donde uno hurga con el entusiasmo de sorprenderse en cualquier instante, donde las historias de cada pieza resaltan el valor que consumo la imprenta. 

Un poema consentido de ese libro, de los últimos regalos que nos entregó: 

Después de las fiestas

Y cuando todo el mundo se iba
y nos quedábamos los dos
entre vasos vacíos y ceniceros sucios,

qué hermoso era saber que estabas
ahí como un remanso,
sola conmigo al borde de la noche,
y que durabas, eras más que el tiempo,

eras la que no se iba
porque una misma almohada
y una misma tibieza
iba a llamarnos otra vez
a despertar al nuevo día,
juntos, riendo, despeinados *

* Julio Cortázar en Salvo el crepúsculo.

Polaquita

En un paseo por el Libro de Manuel no podemos pasar desapercibidos ante la fascinación de Ludmilla, encontrada también como Lud, Ludlud, o bien polaquita.

Aquí un fragmento que la captura in fraganti:

-Ni antes ni después – ruego yo que atiendo telepáticamente a la hinchazón rubicunda de la tortilla a la vez que pongo la mesa con una velocidad meritoria, entendiendo por mesa una servilleta de papel con un dibujo violeta y media botella de tinto, más un pan apenas empezado, operaciones tiernas y simples para vos,  Ludlud, para vos ahí en tu sillón, cansada y chiquita aunque de chiquita ni medio, uno sesenta y nueve y qué te cuento del porte, pero chiquita porque yo quiero que lo seas cuando te pienso y hasta cuando te veo y te beso y te, pero eso no ahora, y el pelo de paja, los ojos verdísimos, esa ñata respingada, que a veces se frota en mi cara y me llena de estrellas y sal y pimienta, dos hojas de lechuga que sobraron del mediodía, medio tristonas porque la vinagreta fatiga el vegetal, vení a comer Lud, vení pronto comediante del viejo palomar, pedacito de cielo del este, culito lindo, aquí en esta silla y ahora hago café para evribodi, ristretto, che, ristrettissimo como un cuadrito de Chardin todo sustancia y luz y perfume, un café que condense las magias de la noche como esas canciones de Leonard Cohen que me regaló Francine y que me gustan tanto *

* Julio Cortázar en Libro de Manuel, Alfaguara Literaturas, Primera Edición, p. 66

Parte de un diario

Querer en el recuerdo – No hay exactamente un recuerdo, sino emociones y sentimientos que en el recuerdo persisten adheridos a su materia deseada y servida. Especial tonalidad de este querer: lo que lo hace tan penetrante es que vale como un sentimiento vivo y actual aplicándose a una materia parecida. 

Sentir hoy lo que entonces fue – (Desajuste terrible y maravilloso entre la capacidad de amor del niño y el mínimo valor de lo que ama. Un gato, una figurita, una caricia, un final de cuento, una bola de vidrio… Casi inefable darse cuenta que pasamos indiferentes ante la vitrina donde brillan las esferas multicolores, mientras en nuestro recuerdo duerme vivo el amor por una esfera que ya no existe). *

* Julio Cortázar en Diario de Andrés Fava.

En plural: Entrevista a Julio

Para los que amamos la obra de Julio, si en demasiado plural aquí un fragmento de una entrevista, platicando sobre su obra (incluyendo Rayuela)

—Hay dos maneras de influir en la gente joven. Hay la manera que no les gusta, de enseñar con textos y teorías y hay otra manera, la que tú describiste una vez: poner una película de Buster Keaton en vez de enseñar. Esto es lo que es Rayuela para los jóvenes. Les acompaña; no están tan solos, tienen compañía.

Claro. Te puedo dar un ejemplo muy patético. Un día recibí una carta de los Estados Unidos, de una niña, una chica de diecinueve años, encantadora, que escribía muy bien, poeta. Me decía: «Dear Mr. Cortázar, le escribo para decirle que su libro Hopscotch me ha salvado la vida». Cuando leí esa primera frase, me quedé…, porque es terrible sentirse responsable de la vida de los demás, ¿no? Me decía: «mi amante me abandonó hace una semana. Yo tengo diecinueve y es el único hombre que había conocido, lo amaba profundamente y cuando me abandonó, decidí suicidarme. Y no lo hice en seguida porque tenía algunos problemas prácticos que resolver» (tenía que escribirle a su madre, en fin, ese tipo de cosas de los suicidas, ¿no?). «Pasé dos días en casa de una amiga y encima de una mesa había un libro que se llamaba Hopscotch. Y entonces empecé a leerlo. Yo me iba a matar al día siguiente y había comprado ya las pastillas. Leí el libro, lo seguí leyendo, lo leí toda la noche y cuando lo terminé, tiré las pastillas porque me di cuenta de que mis problemas no eran solamente los míos sino los de mucha gente. Y entonces quiero decirle que Ud. me ha salvado la vida. Y que ahora, a pesar de lo triste que estoy, pienso que tengo diecinueve años, que soy joven, que soy bonita—es una carta muy ingenua—, que me gusta bailar, que me gusta la poesía, que quiero escribir poesía, que ya he escrito para mí poemas y voy a tratar de vivir.» Fíjate la impresión que me hizo a mí esta carta. Fue increíble. Entonces yo le contesté dos líneas diciéndole, «mira me haces muy feliz al pensar que la casualidad ha hecho que yo haya podido ayudarte como un amigo, porque si a lo mejor hay mucha gente que piensa matarse y un amigo está allí, y lo toma así, lo convence de que es una tontería». Bueno, el libro era el amigo porque fue como si yo estuviera allí. Y desde entonces, hace cuatro años de esto, nos escribimos; ella me escribe, me manda poemas y le va bien. Supongo que tiene otro amigo y que está viviendo muy bien, ¿comprendes?

—Podemos añadir a una tercera etapa, todavía cronológica, con Historia de cronopios y de famas y con Rayuela, donde tú entras de lleno en la tentativa de cambiar la realidad, de buscar la autenticidad en la vida y en la literatura con una buena dosis de humor, de juego y de optimismo.Entonces, en Rayuela sobre todo, hay ese sentimiento continuo de estar en un mundo que no es lo que debería ser porque—y aquí hago un paréntesis que me parece importante—, ha habido críticos que han pensado que Rayuela era un libro profundamente pesimista en el sentido de que no se hace en él más que lamentar el estado de cosas. 

Yo creo que es un libro profundamente optimista porque Oliveira, a pesar de su carácter bronco, como decimos los argentinos, sus cóleras, su mediocridad mental, su incapacidad de ir más allá de ciertos límites, es un hombre que se golpea contra la pared, la pared del amor, la pared de la vida cotidiana, la pared de los sistemas filosóficos. Se golpea la cabeza contra todo eso porque es un optimista en el fondo, porque él cree que un día, ya no para él pero para otros, algún día esa pared va a caer y del otro lado está el «kibutz del deseo», está el reino milenario, está el hombre verdadero, ese proyecto humano que él imagina y que no se ha realizado hasta este momento.

— ¿Sabes por qué lo pregunto? En Rayuela, Oliveira siempre está pensando en cruzar un puente o llegar al absoluto, al centro, al kibutz, pero la persona que lo puede hacer muy fácilmente es una mujer, la Maga. En el Libro de Manuel parece que otra vez es la mujer, es Ludmilla yendo con la Joda que tiende el puente a Andrés.

—Me parece una excelente hipótesis tuya pero yo no te puedo confirmar. Como pasa siempre con las obras abiertas, es perfectamente posible.

—Fíjate también en Talita que es la que cruza el puente.

—Sí, siempre es una de las figuras femeninas la que hace el pasaje o que le muestra el pasaje a un hombre. Sí, es cierto.

De maderas

Un relato extraído de su libro Territorios, aquí tenemos una vez más al magnífico Cortázar.

Aserrín aserrán 

Empezaron por quitarle la pipa de la boca.
Los zapatos se los quitó el mismo, apenas el hombre
de blanco miró hacia abajo.
Le quitaron la noción del cumpleaños, los fósforos y la
corbata, la bandada de palomas en el techo de la casa
vecina, Alicia. El disco del teléfono, los pantalones.
Él ayudó a salirse del saco y los pañuelos. Por
precaución le quitaron los almohadones de la sala y esa
noción de que Ezra Pound no era un gran poeta.
Les entregó voluntariamente los anteojos de ver
cerca, los bifocales y los de sol. Los de luna casi no
los había usado y ni siquiera los vieron.
Le quitaron el alfabeto y el arroz con pollo, su
hermana muerta a los diez años, la guerra de Vietnam y los
discos de Earl Hines. Cuando le quitaron lo que faltaba
– esas cosas llevan tiempo, pero también se lo habían quitado -,
empezó a reírse.
Le quitaron la risa y el hombre de blanco esperó,
porque él sí tenía todo el tiempo necesario.
Al final pidió pan y no le dieron, pidió queso y le dieron
un hueso.
Lo que sigue lo sabe cualquier niño, pregúntele.

Exámenes y diarios

Una obra que tardó en salir a la luz pública por voluntad del mismo Julio: El examen. Fue publicada de manera póstuma, encuentra un complemento en El diario de Andrés Fava. Aprovecho para compartir un fragmento ahora que vuelvo a colarme en el paseo de sus páginas. 

-Cuando yo me despierto- dijo Juan – lo primero que se me ocurre como medida de emergencia es volver a dormirme. 

– Lo que llaman cerrar los ojos a la realidad – dijo Andrés -. Ahora fijate en esto, que es importante. Hablás de volver a dormirte y tratás de hacerlo. Pero te equivocás al creer que en esa forma te vas a replegar sobre vos mismo, que te vas a amurallar detrás de lo que te defiende de eso que está enfrente de vos. Dormir no es más que perderse, y cuando tratás de dormirte lo que estás buscando es una segunda fuga.

-Ya sé, una muertecita liviana, sin consecuencias – dijo Juan-. Pero viejo, ése es el gran prestigio del dormir, la perfección del apoliyo. Vacaciones de sí mismo, no ver y no verse. Perfecto, che. *

* Fragmento extraído con datos de la 1a Edición: El Examen, Julio Cortázar, 1a Edición, Buenos Aires, Suma de Letras Argentina.

Un año más

Un día como hoy, un 12 de febrero en París, muere Julio Cortázar. El tiempo no pasa en vano, a su paso su trascendencia crece; mientras un lector suspira por alguna de sus obras, un nuevo aventurero comienza el paseo por alguna de sus líneas, las cuales persisten, viven, enamoran como desde su primera vez. 

Hoy un recuerdo, uno de tantos que se suman a tu memorable obra, Julio estás ahí. 

Acompañando esta nota, un fragmento de uno de mis favoritos, Libro de Manuel.

Claro que, observa el que te dije, a pesar de ese obstruccionismo subjetivo el tema subyacente es muy simple: 1) La realidad existe o no existe, en todo caso es incomprensible en su esencia, así como las esencias son incomprensibles en la realidad, y la comprensión es otro espejo para alondras, y la alondra es un pajarito, y un pajarito es el diminutivo de pájaro, y la palabra pájaro tiene tres sílabas, y cada sílaba tiene dos letras, y así es como se ve que la realidad existe ( puesto que alondras y sílabas ) pero que es incomprensible, porque además qué significa significar, o sea entre otras cosas decir que la realidad existe; 2) La realidad será incomprensible pero existe, o por lo menos es algo que nos ocurre o que cada uno hace ocurrir, de manera que una alegría, una necesidad elemental lleva a olvidar todo lo dicho (en 1) y pasar a 3) Acabamos de aceptar la realidad (en 2 ), sea lo que sea o como sea, y por consiguientes aceptamos estar instalados en ella, pero ahí mismo sabemos que, absurda o falsa o trucada, la realidad es un fracaso del hombre aunque no lo sea del pajarito que vuela sin hacerse preguntas y se muere sin saberlo. Así, fatalmente, si acabamos de aceptar lo dicho en 3), hay que pasar a 4). Esta realidad, a nivel de 3), es una estafa y hay que cambiarla. Aquí bifurcación, 5 a) y 5 b):

      – Ufa – dice Marcos. 

5 a) Cambiar la realidad para mí sólo – continúa el que te dije – es viejo y factible: Meister Eckart, Meister Zen, Meister Vedanta. Descubrir que el yo es ilusión, cultivar su jardín, ser santo, a la caza darle alcance, etcétera. No.

– Hacés bien – dice Marcos.

 5 b) Cambiar la realidad para todos – continúa el que te dije – es aceptar que todos son (deberían ser) lo que yo, y de alguna manera fundar lo real como humanidad. Eso significa admitir la historia, es decir la carrera humana por una pista falsa, una realidad aceptada hasta ahora como real y así nos va. Consecuencia, hay un solo deber y es encontrar la buena pista. Método, la revolución. Sí.

        – Che – dice Marcos – vos para los simplismos y las tautologías, pibe.

        – Es mi librito rojo de todas las mañanas – dice el que te dije –, y reconocé que si todo el mundo creyera en esos simplismos, a la Shell Mex no le seria tan fácil ponerte un tigre en el motor.

        – Es la Esso – dice Ludmilla, que tiene un Citroën de dos caballos al parecer paralizados de terror por el tigre puesto que se paran en cada esquina y el que te dije o yo o cualquiera tiene que empujar a las puteadas.

* Julio Cortázar en Libro de Manuel p.17.