entrevista

Ahora, comparto el fragmento de una entrevista realizada al escritor peruano Bryce Echenique.

Tengo entendido que el éxito de la publicación de “Un mundo para Julius” le provocó una depresión que le impidió escribir durante cuatro años y que hasta llegó a jurar que no iba a escribir más. ¿Esto es verdad?

Sí, es verdad. Logré superarlo con un intenso tratamiento médico que duró cuatro años, luego encontré una chica que me ayudó y volví a escribir un libro casi sin darme cuenta, ella me sacó el texto…, la muy condenada.

¿Cómo es su jornada de escritura? ¿Tiene cábalas de algún tipo?

No… cábalas no muchas, sólo el aislamiento máximo, generalmente en una isla de a verdad; me llevo mucha literatura y música, escribo con horarios rígidos y hago mucho deporte. Escribo en computadora pero corrijo a mano.

Usted ha dicho que la literatura entretiene y hace feliz a mucha gente y que eso es ya bastante justificación para consagrarse a ella, y ha dicho también que vino a este mundo para tratar de divertirse en él y que nada, ni la literatura, se lo impediría. ¿Es quizás por eso que su libro preferido es La felicidad ja ja?

–Lo fue.

«En medio de mi tragedia tuve la suerte de conocer a una muchacha hipersensible y llena de fantasía… maravillosa, heredera de una gran fortuna. Ella estudiaba en Nanterre y un día me propuso que nos fugásemos juntos. Le respondí que entraría en su casa por la puerta principal. ‘No podrás’, me dijo, y tenía razón: un día me agarró la policía y casi me mata.

«Supongo que esta anécdota no viene a cuento, pero aquella muchacha y el mundo que me reveló posibilitaron que yo escribiese La felicidad ja ja, un libro siempre querido por las circunstancias que rodearon su gestación y realización.

No, yo no escribo para lectores del futuro, lo hago para una persona que me quiera… puede ser una mujer o un amigo, y ese lector que es ideal y muy real al mismo tiempo se vuelve todo el conjunto de los lectores posibles en ese momento. Escribo para probarme a mí mismo, para que me quieran más. Dije una vez que no se podía escribir un buen libro si no se estaba enamorado. Yo, por lo menos, necesito de ese entusiasmo del amor para hacer mi trabajo con cariño, lograr la empatía y comprender por igual al verdugo y a la víctima.

¿Sus personajes tienen vida propia o es usted un autor-dios, un jefe de policía con acceso a los ficheros de la providencia?

Una novela funciona cuando los personajes se le escapan de la mano al autor. Es agradable verlos cobrar autonomía e independenc ia. Resulta divertido seguirlos cuando inventan sus vidas. Cada vez que concluyo una novela caigo en un vacío, en una gran baja emocional porque no soy yo quien pone punto final a mis libros; son mis personajes los que me lo ponen a mí.

¿Cómo trabaja Alfredo Bryce Echenique?

Es esencial para mí tener el título del libro que quiero escribir, y el nombre de mis personajes. Antes de escribir una novela, cuento la anécdota a mis amigos, y se opera así un proceso inconsciente de selección de materiales. La historia que se resiste a ser contada, va al cesto de la basura.

y seguimos compartiendo la experiencia con Alfredo Bryce Echenique

nota dos: Alfredo Bryce

Apuntes sobre la obra de Alfredo Bryce Echenique

Algunos de los relatos de Magdalena peruana y otros cuentos reflejan esa desilusión y el desajuste entre la realidad y los poderes de la ficción que se produce por diversos medios, pero el más interesante en este y otros aspectos resulta «El breve retorno de Florence, este otoño»,

En este relato, como antídoto contra el olvido y como fórmula para reactivar la memoria voluntaria, el mismo profesor cuenta cómo escribió un cuento sobre aquéllas experiencias con Florence, lo cual, una vez en libro, pretende que sirva de señuelo para que la joven le busque en el presente y así recordar el pasado.

La mezcla en el cuento de los mundos de la realidad de los personajes y la ficción que se genera se convierte en un desencuentro entre la ilusión y la esperanza y en la constatación de que la literatura sólo resulta un efímero sucedáneo de la realidad y que la memoria conduce siempre a un desdichado hallazgo.

La razón y un fragmento

Aquí un fragmento de «Las notas que duermen en las cuerdas» de una colección de cuentos llamada «Un huerto cerrado» -el cual es uno de mis favoritos y en el cual aparece uno de los personajes favoritos, llamado Manolo-.

Aquí el fragmento

Hacia el mediodía, Manolo salió a caminar. Contaba los automóviles que encontraba, las ventanas de las casas, los árboles en los jardines, y trataba de recordar el nombre de cada planta. Esos paseos que uno hace para no pensar eran cada día más frecuentes. Algo no marchaba bien.

En el patio, Manolo acariciaba a su perro. Le parecía que tenía algo que decir. Algo que decirle a alguna persona que no conocía; a muchas personas que no conocía. Escuchaba el estallido de los cohetes, y sentía deseos de salir a caminar.

Hacia las tres de la madrugada, Manolo continuaba su extraño paseo. Hacia las cuatro de la madrugada, un hombre quedó sorprendido, al cruzarse con un muchacho de unos quince años, que caminaba con el rostro bañado en lágrimas.

de un libro, de un autor


¿Te acuerdas del autor?
¿Te acuerdas de los poemas?
¿Te acuerdas de los acordes cotidianos?

Extraído de Poemas de Otros, aquí un poema de Mario Benedetti.

FUNDACIÓN DE UN RECUERDO

No es exactamente como fundar una ciudad
sino más bien como fundar una dinastía

el recuerdo tiene manos nubes estribillos
calles y labios árboles y pasos
no se planifica con paz ni compás
sino con una sasrta de esperanzas y delirios

un recuerdo bien fundado
un recuerdo con cimientos de solo
que con todo su asombro busca el amor
y lo encuentra de a ratos o de a lustros
puede durar un rumbo o por lo menos
volver algunas noches a cavar su dulzura

en realidad no es como fundar una dinastía
sino más bien como fundar un estilo

un recuerdo puede tener mejillas
y canciones y bálsamos
ser una fantasía que de pronto
se vuelve vientre o pueblo
quizá una lluvia verde
tras la ventana compartida
o una plaza de sol
con puños en el aire

un recuerdo sólidamente fundado
fatalmente se acaba si no se lo renueva
es decir es tan frágil que dura para siempre
porque al cumplirse el plazo lo rescatan
los viejos reflectores del insomnio

bueno tampoco es como fundar un estilo
sino más bien como fundar una doctrina
un recuerdo amorosamente fundado
nos limpia los pulmones nos aviva la sangre
nos sacude el otoño nos renueva la piel
y a veces convoca lo mejor que tenemos
el trocito de hazaña que nos toca cumplir

y es claro un recuerdo puede ser un escándalo
que a veces nos recorre como un sol de franqueza
como un alud de savia como un poco de magia
como una palma de todos los días
que de repente se transforma en única

pensándolo mejor
quizá no sea como fundar una doctrina
sino más bien como fundar un sueño.

¿te gustó? espero que si

¡Cómo se me fue a pasar!

Magnífico Cortázar (un aniversario más)

Fragmento de una entrevista a Julio Cortázar, platicando sobre su obra (incluyendo Rayuela)

—Hay dos maneras de influir en la gente joven. Hay la manera que no les gusta, de enseñar con textos y teorías y hay otra manera, la que tú describiste una vez: poner una película de Buster Keaton en vez de enseñar. Esto es lo que es Rayuela para los jóvenes. Les acompaña; no están tan solos, tienen compañía.

Claro. Te puedo dar un ejemplo muy patético. Un día recibí una carta de los Estados Unidos, de una niña, una chica de diecinueve años, encantadora, que escribía muy bien, poeta. Me decía: «Dear Mr. Cortázar, le escribo para decirle que su libro Hopscotch me ha salvado la vida». Cuando leí esa primera frase, me quedé…, porque es terrible sentirse responsable de la vida de los demás, ¿no? Me decía: «mi amante me abandonó hace una semana. Yo tengo diecinueve y es el único hombre que había conocido, lo amaba profundamente y cuando me abandonó, decidí suicidarme. Y no lo hice en seguida porque tenía algunos problemas prácticos que resolver» (tenía que escribirle a su madre, en fin, ese tipo de cosas de los suicidas, ¿no?). «Pasé dos días en casa de una amiga y encima de una mesa había un libro que se llamaba Hopscotch. Y entonces empecé a leerlo. Yo me iba a matar al día siguiente y había comprado ya las pastillas. Leí el libro, lo seguí leyendo, lo leí toda la noche y cuando lo terminé, tiré las pastillas porque me di cuenta de que mis problemas no eran solamente los míos sino los de mucha gente. Y entonces quiero decirle que Ud. me ha salvado la vida. Y que ahora, a pesar de lo triste que estoy, pienso que tengo diecinueve años, que soy joven, que soy bonita—es una carta muy ingenua—, que me gusta bailar, que me gusta la poesía, que quiero escribir poesía, que ya he escrito para mí poemas y voy a tratar de vivir.» Fíjate la impresión que me hizo a mí esta carta. Fue increíble. Entonces yo le contesté dos líneas diciéndole, «mira me haces muy feliz al pensar que la casualidad ha hecho que yo haya podido ayudarte como un amigo, porque si a lo mejor hay mucha gente que piensa matarse y un amigo está allí, y lo toma así, lo convence de que es una tontería». Bueno, el libro era el amigo porque fue como si yo estuviera allí. Y desde entonces, hace cuatro años de esto, nos escribimos; ella me escribe, me manda poemas y le va bien. Supongo que tiene otro amigo y que está viviendo muy bien, ¿comprendes?

—Podemos añadir a una tercera etapa, todavía cronológica, con Historia de cronopios y de famas y con Rayuela, donde tú entras de lleno en la tentativa de cambiar la realidad, de buscar la autenticidad en la vida y en la literatura con una buena dosis de humor, de juego y de optimismo.

Entonces, en Rayuela sobre todo, hay ese sentimiento continuo de estar en un mundo que no es lo que debería ser porque—y aquí hago un paréntesis que me parece importante—, ha habido críticos que han pensado que Rayuela era un libro profundamente pesimista en el sentido de que no se hace en él más que lamentar el estado de cosas.

Yo creo que es un libro profundamente optimista porque Oliveira, a pesar de su carácter broncos, como decimos los argentinos, sus cóleras, su mediocridad mental, su incapacidad de ir más allá de ciertos límites, es un hombre que se golpea contra la pared, la pared del amor, la pared de la vida cotidiana, la pared de los sistemas filosóficos. Se golpea la cabeza contra todo eso porque es un optimista en el fondo, porque él cree que un día, ya no para él pero para otros, algún día esa pared va a caer y del otro lado está el «kibutz del deseo», está el reino milenario, está el hombre verdadero, ese proyecto humano que él imagina y que no se ha realizado hasta este momento.

—¿Sabes por qué lo pregunto? En Rayuela, Oliveira siempre está pensando en cruzar un puente o llegar al absoluto, al centro, al kibutz, pero la persona que lo puede hacer muy fácilmente es una mujer, la Maga. En el Libro de Manuel parece que otra vez es la mujer, es Ludmilla yendo con la Joda que tiende el puente a Andrés.

—Me parece una excelente hipótesis tuya pero yo no te puedo confirmar. Como pasa siempre con las obras abiertas, es perfectamente posible.

—Fíjate también en Talita que es la que cruza el puente.
—Sí, siempre es una de las figuras femeninas la que hace el pasaje o que le muestra el pasaje a un hombre. Sí, es cierto.

Pregúntenle a Bryce


ESCRIBO PARA QUE ME QUIERAN MAS

Usted ha dicho que la literatura entretiene y hace feliz a mucha gente y que eso es ya bastante justificación para consagrarse a ella, y ha dicho también que vino a este mundo para tratar de divertirse en él y que nada, ni la literatura, se lo impediría. ¿Es quizás por eso que su libro preferido es La felicidad ja ja?

–Lo fue. «En medio de mi tragedia tuve la suerte de conocer a una muchacha hipersensible y llena de fantasía… maravillosa, heredera de una gran fortuna.

Ella estudiaba en Nanterre y un día me propuso que nos fugásemos juntos. Le respondí que entraría en su casa por la puerta principal. ‘No podrás’, me dijo, y tenía razón: un día me agarró la policía y casi me mata.

«Supongo que esta anécdota no viene a cuento, pero aquella muchacha y el mundo que me reveló posibilitaron que yo escribiese La felicidad ja ja, un libro siempre querido por las circunstancias que rodearon su gestación y realización.

No, yo no escribo para lectores del futuro, lo hago para una persona que me quiera… puede ser una mujer o un amigo, y ese lector que es ideal y muy real al mismo tiempo se vuelve todo el conjunto de los lectores posibles en ese momento.

Escribo para probarme a mí mismo, para que me quieran más. Dije una vez que no se podía escribir un buen libro si no se estaba enamorado.

Yo, por lo menos, necesito de ese entusiasmo del amor para hacer mi trabajo con cariño, lograr la empatía y comprender por igual al verdugo y a la víctima.

Tengo entendido que el éxito de la publicación de “Un mundo para Julius” le provocó una depresión que le impidió escribir durante cuatro años y que hasta llegó a jurar que no iba a escribir más. ¿Esto es verdad?

Sí, es verdad. Logré superarlo con un intenso tratamiento médico que duró cuatro años, luego encontré una chica que me ayudó y volví a escribir un libro casi sin darme cuenta, ella me sacó el texto…, la muy condenada.

¿Cómo es su jornada de escritura? ¿Tiene cábalas de algún tipo?

No… cábalas no muchas, sólo el aislamiento máximo, generalmente en una isla de a verdad; me llevo mucha literatura y música, escribo con horarios rígidos y hago mucho deporte. Escribo en computadora pero corrijo a mano.

* Texto tomado de una entrevista a Alfredo Bryce Echenique.

Ahora entiendo la nota: las raíces de Mogador

Nueve veces el asombro.

El sábado pasado en el Confabulario de El Universal, aparece en la portada un artículo titulado Palabras para morder entre amantes de Alberto Ruy Sánchez.

Y es por esta razón, para comenzar a acercarnos a las raíces de Mogador que incluyo aquí un breve fragmento de este libro, que es parte de los fragmentos publicados en el sitio oficial de ARS:

III
DEL
TIEMPO
EN MOGADOR

22. Que el corazón en Mogador es el reloj más preciso o por lo menos el más respetado. Y no sólo por su constancia. Es un reloj que se enamora, que se asusta, que se conmueve. Sus sobresaltos se vuelven fechas de la vida compartida. La historia de esta ciudad es medida por corazones alterados. El ritmo de la sangre en las venas, lo que un poeta llamó “la música del cuerpo”, es algo así como el himno nacional de los mogadorianos. Y haciendo el amor con el corazón muy alterado es como mejor se le toca y canta. Tanto así que en los actos oficiales los extranjeros se asustan al oír a los más patriotas casi gemir con entusiasmo más amoroso que guerrero su himno distintivo.

23. Otro reloj muy respetado aquí es el mar y su insistencia. Las olas van y vienen sobre las murallas sembrando en la ciudad una terca sensación de tiempo que todo lo humedece sistemáticamente. La humedad de la piel, de la ropa, de los rincones, de los libros y hasta del aire es aquí una clara medida del tiempo. En Mogador el tiempo es líquido, afirman: calma la sed y ayuda en sus penetraciones a los amantes. “Al amor, dale tiempo”, es algo que se oye con frecuencia. Y con una lenta sonrisa.

24. Los péndulos del reloj del mar son las olas y las mareas. Los amantes tratan de acariciar los vientres y las espaldas que desean como si fueran oleaje. Y entran unos en otros como mareas obedeciendo a la luna, al tiempo magnético de los astros. Amar es aquí medir el tiempo. “Déjame tocar tu tiempo con las manos”, es una frase común, aunque algo desesperada, que se usa para pedir la intimidad que tanto se anhela. Pero si alguien aquí le dice con brusquedad a su amante “dame tiempo”, se considera que roza abiertamente la pornografía. Es insulto para algunos mientras que para otros es muy excitante. El tiempo en Mogador a nadie deja indiferente.

25. Otra manera de medir el tiempo en Mogador es cantando y bailando. El corazón es un tambor profundo o, si se prefiere, unas castañuelas muy escondidas bajo la piel. Es un gambri de cuerdas como venas. El tiempo baila en las venas de los amantes y aumenta su volúmen cuando la sangre incontenible llena a oleadas sus órganos sexuales. Y late y late y late, late y late reinventando el ritmo de la clave. Se baila para medir el tiempo disperso, para encontrarlo en el cuerpo de los otros como en un espejo roto. Y, si todo se hace con cierta gracia y con destreza se llega a ese momento en el que el tiempo de uno está dentro del tiempo del otro. Y se dice que un reloj está dentro de otro reloj cuando los amantes están unidos y suenan juntos o se persiguen sus latidos, como bailando. Pero cuando coinciden con precisión absoluta ocupando el trozo de tiempo, no es bueno: el tiempo se detiene, como en las crisis severas de taquicardia.

* para continuar con la lectura de algunos fragmentos del libro puedes ir al sitio oficial del autor: www.albertoruysanchez.com

Malas noticias

Muere el escritor Saúl Yurkievich en accidente de tránsito

El poeta argentino falleció al salir de la vía el automóvil que manejaba en una carretera próxima a la ciudad de Aviñón, Francia

16:19 El poeta argentino Saúl Yurkievich, considerado el albacea de la obra del escritor Julio Cortázar, murió hoy en un accidente de tránsito en una carretera del sureste de Francia, informaron medios de comunicación locales.

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Que mala noticia realmente, fiel amigo de Julio, ahora seguramente lo estarás acompañando, en un lugar donde quizás se esté formando de nuevo «El Club de la Serpiente».

Una vez más: Magnífico Cortázar

Gracias por el lenguaje, gracias por el capítulo, una vez más magnífico Julio Cortázar *

Capítulo 68 Rayuela * Julio Cortázar

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.