Un asunto urgente

Si queremos avanzar hacia otra realidad en lo que se refiere a salud, eficiencia y bienestar; comencemos a trabajar para definir mejor esa escala de prioridades que tal vez ahora no tenemos demasiado clara. Descubramos qué es aquello que de verdad valoramos y que vamos a ver reflejado en las personas que más admiramos. En aquellas formas de ser que más nos inspiran. 

Cerremos nuestros ojos, usemos nuestra mente y percibamos como sería nuestra existencia si el velero de nuestra vida navegara siguiendo el rumbo que marcan nuestras prioridades y las velas las impulsara el viento de nuestros valores.*

* p. 61 Dr. Mario Alonso Puig en Vivir es un Asunto Urgente.

El bien y el mal

Para comenzar el nuevo año, uno de mis textos favoritos de Augusto Monterroso.

Monólogo del Mal

Por Augusto Monterroso

            Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una buena vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó:
            “Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de vergüenza que el Bien no despreciará la oportunidad y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará que él si hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el Bien está bien y lo que hace el Mal está mal.”
            Y así el Bien se salvó una vez más.

Del grandioso: El Perseguidor.

“Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas. En el circo es igual, y entre nosotros es igual. La gente se figura que algunas cosas son el colmo de la dificultad, y por eso aplauden a los trapecistas, o a mí. Yo no sé qué se imaginan, que uno se está haciendo pedazos para tocar bien, o que el trapecista se rompe los tendones cada vez que da un salto. En realidad las cosas verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento. Mirar, por ejemplo, o comprender a un perro o a un gato. Esas son las dificultades, las grandes dificultades.”

Julio Cortázar, El Perseguidor

8 cualidades de las personas cultas

Moscú, 1886. 

“La gente te entiende perfectamente bien. Si tú no te entiendes a ti mismo, no es culpa de ellos”, expresaba a su hermano mayor (pintor).

Antón Chéjov, a sus 26 años escribía una carta donde le sugería una serie de consejos a su hermano, que tanto se quejaba que nadie lo entendía. 

En esa carta enumeraba cualidades para distinguir a una persona verdaderamente culta, parte de la carta expresaba lo siguiente:

Las personas cultas deben, en mi opinión, satisfacer las siguientes condiciones:

1. Respetan la personalidad humana y, por lo mismo, son siempre amables, gentiles, educados y dispuestos a ceder ante los otros. No hacen fila por un martillo o una pieza perdida de caucho indio. Si viven con alguien a quien no consideran favorable y lo dejan, no dicen “nadie podría vivir contigo”. Perdonan el ruido y la carne seca y fría y las ocurrencias y la presencia de extraños en sus hogares.

2. Tienen simpatía no solo por los mendigos y los gatos. Les duele el corazón por aquello que sus ojos no ven. Se levantan en la noche para ayudar a P. […], para pagar la universidad de los hermanos y comprar ropa a su madre.

3. Respetan la propiedad de otros y, en consecuencia, pagan sus deudas.

4. Son sinceros y temen a la mentira como al fuego. No mienten incluso en pequeñas cosas. Una mentira significa insultar a quien escucha y ponerlo en una posición más baja a ojos de quien habla. No aparentan: se comportan en la calle como en su casa y no presumen ante sus camaradas más humildes. No son proclives a balbucear ni obligan la confidencia impertinente de los otros. Por respeto a los oídos de otros, callan más frecuentemente de lo que hablan.

5. No se menosprecian por despertar compasión. No tensan las cuerdas de los corazones de los demás para que los otros giman y hagan algo (o mucho) por ellos. No dicen “Soy un incomprendido” o “Me he vuelto de segunda mano” porque todo eso es perseguir un efecto simplón, es vulgar, rancio, falso…

6. No tiene vanidad superflua. No se preocupan por esos falsos diamantes conocidos como celebridades, por estrechar la mano del ebrio P., [Probablemente “Palmin”, un poeta menor de la época], por escuchar los arrebatos de un espectador extraviado en un espectáculo de imágenes, o ser reconocido en las tabernas. […] Si ganan unos centavos, no se pavonean como si estos valieran cientos de rublos, y no alardean de poder entrar donde otros no son admitidos. […] Los verdaderamente talentosos siempre se mantienen en las sombras entre la muchedumbre, tan lejos como sea posible del reconocimiento. Incluso Krylov dijo que el barril vacío da un eco más sonoro que el lleno.

7. Si tienen un talento, lo respetan. Le sacrifican el descanso, las mujeres, el vino, la vanidad. […] Se sienten orgullosos de su talento. […] Además, son fastidiosos.

8. Desarrollan para sí la intuición estética. No pueden ir a dormir con la misma ropa, ven las grietas de las paredes llenas de insectos, respiran un mal aire, caminan en el piso recién escupido, cocinan sus alimentos sobre una estufa de aceite. Pretenden tanto como sea posible contener y ennoblecer el instinto sexual. […] Lo que quieren en una mujer no es una compañera de cama. […] No piden inteligencia ahí donde se manifiesta la mentira constante. Quieren, especialmente si son artistas, frescura, elegancia, humanidad, la capacidad de la maternidad. […]. No tragan vodka a todas horas, día y noche, no huelen los armarios porque no son cerdos y saben que no lo son. Beben solo estando libres y en ocasión […]. Porque ellos quieren mens sana in corpore sano [“mente sana en cuerpo sano”].

Y así sucesivamente. Así es como son las personas cultas. Para ser culto y no quedar atrás, no es suficiente con haber leído Los papeles del club Pickwick o haber memorizado el monólogo de Fausto. […]

Lo que necesitas es trabajar constantemente, día y noche, leer constantemente, estudiar, voluntad. […] Cada hora es preciosa para ti. […] Ven con nosotros, tira la botella de vodka, descansa y lee… Turgenev, si quieres, a quien además no has leído.

Tienes que deshacerte de tu vanidad, ya no eres un niño… pronto tendrás treinta.

¡Es tiempo!

Te espero… Todos nosotros te esperamos.

Poesía del favorito

Salvo el crepúsculo, uno de los libros que conseguí hace tiempo, en esas librerías de tradición donde uno hurga con el entusiasmo de sorprenderse en cualquier instante, donde las historias de cada pieza resaltan el valor que consumo la imprenta. 

Un poema consentido de ese libro, de los últimos regalos que nos entregó: 

Después de las fiestas

Y cuando todo el mundo se iba
y nos quedábamos los dos
entre vasos vacíos y ceniceros sucios,

qué hermoso era saber que estabas
ahí como un remanso,
sola conmigo al borde de la noche,
y que durabas, eras más que el tiempo,

eras la que no se iba
porque una misma almohada
y una misma tibieza
iba a llamarnos otra vez
a despertar al nuevo día,
juntos, riendo, despeinados *

* Julio Cortázar en Salvo el crepúsculo.

Polaquita

En un paseo por el Libro de Manuel no podemos pasar desapercibidos ante la fascinación de Ludmilla, encontrada también como Lud, Ludlud, o bien polaquita.

Aquí un fragmento que la captura in fraganti:

-Ni antes ni después – ruego yo que atiendo telepáticamente a la hinchazón rubicunda de la tortilla a la vez que pongo la mesa con una velocidad meritoria, entendiendo por mesa una servilleta de papel con un dibujo violeta y media botella de tinto, más un pan apenas empezado, operaciones tiernas y simples para vos,  Ludlud, para vos ahí en tu sillón, cansada y chiquita aunque de chiquita ni medio, uno sesenta y nueve y qué te cuento del porte, pero chiquita porque yo quiero que lo seas cuando te pienso y hasta cuando te veo y te beso y te, pero eso no ahora, y el pelo de paja, los ojos verdísimos, esa ñata respingada, que a veces se frota en mi cara y me llena de estrellas y sal y pimienta, dos hojas de lechuga que sobraron del mediodía, medio tristonas porque la vinagreta fatiga el vegetal, vení a comer Lud, vení pronto comediante del viejo palomar, pedacito de cielo del este, culito lindo, aquí en esta silla y ahora hago café para evribodi, ristretto, che, ristrettissimo como un cuadrito de Chardin todo sustancia y luz y perfume, un café que condense las magias de la noche como esas canciones de Leonard Cohen que me regaló Francine y que me gustan tanto *

* Julio Cortázar en Libro de Manuel, Alfaguara Literaturas, Primera Edición, p. 66

Un acercamiento con Alberto Ruy Sánchez

Me veo: alguien obsesivo, concentrado en algo hasta el cansancio. Cansancio físico. Las noches en vela se juntan con los días hasta que el cansancio me tira. Soy incapaz de pensar en nada más hasta que muevo la mirada, entro en otra obsesión, no necesariamente nueva, y olvido todo lo anterior, incluida la obsesión más reciente.

Escribo todos los días a horas muy distintas. Voy a una oficina a diario pero duermo poco. Acarreo obsesiones textuales durante décadas: imágenes, poemas, relatos, escenas. Vuelven y se esconden, vuelven de nuevo, como serpientes ficticias en mi mar confuso de tiempos de trabajo (el otro trabajo, el de editor, el que hago para ganarme la vida), tiempos de familia, tiempos de escritura.

Escribo buscando que todo pueda conducir, tarde o temprano o nunca, a una idea de lo escrito como objeto artesanal. Una materia trabajada con esmero y pasión por las formas; una cosa en la que se pone todo lo que uno es: algo de lo que me pueda sentir orgulloso porque es sin duda lo mejor que en ese momento pude hacer.

Escribo como quien extiende la mano y pone a la vista de los demás una piedra que encontré en el río, que no sé qué es, que me gusta y me asombra por su extrañeza. Desde niño comencé a escribir por el placer de contar historias. Ser escritor, ocupar la imagen social de un escritor, es algo que vino después sin quererlo y que nunca tuve la oportunidad de desear como el placer total de compartir una historia, un asombro, una sonrisa.

El deseo natural de publicar el primer libro es también algo que no pude desear muy pronto ya que me dejé poseer por mi admiración hacia ciertos viejos artesanos mexicanos que vi trabajando la materia para hacer de cada obra algo en lo que estaba su alma. Me tardé muchísimo en tener listo el primer manuscrito que me pareciera digno de ser publicado. Luego tardé mucho más en conseguir que otros lo consideraran publicable. Como viví casi una década fuera del país, todo lo anterior me sucedió alejado de otros escritores de mi generación. Esa soledad me dio algunas cosas y me quitó otras. Diferencias que son buenas y son malas, útiles e inútiles, en todo caso extrañas.

Mis placeres son extraños y cultivo el placer de la extrañeza: me gusta ser extranjero y para eso viajar, mirar lo inesperado, comer lo sorpresivo, tocar lo nuevo. Desear de golpe, enamorarme todos los días. Ver en la misma persona a otra nueva. En la misma experiencia un descubrimiento. Saber que huelo el sexo sonámbulo desde lejos y que de cerca me embriaga. Disfruto el tremendo placer de bailar (si se puede toda la noche) y descubrir en ese ritual a otras personas, conocerlas más allá de las palabras, por el lenguaje sin palabras del cuerpo experimentándose en otro cuerpo. Gozo escuchando las historias, verbales o no, de otros y me embeleso en imágenes inesperadas de quien se cruza conmigo. Muchos de esos cruzamientos son arte: música, pintura, danza; o pueden ser simplemente instantes de vida que han tomado forma. Mis libros pueden ser también para otros, si tengo suerte, un hilo más entretejido en ese tapiz de cruzamientos que es la vida de cada quien. 

Escribo cargado de no sé qué. Me duelen a veces las manos o el reverso de los ojos. Se me altera la respiración. Las palabras se vuelven la compuerta por la que eso extraño que me habita de pronto fluye con un ritmo que puedo pronunciar tocándome un labio con el otro, la lengua desenvuelta en secreto. Escucho esa alquimia y sonrío. Tal vez alguien más pueda algún día sonreír también con un placer extraño recorriéndole el cuerpo cuando me lea.

* Alberto Ruy Sánchez nació en 1951, ha publicado más de una docena de libros entre los cuales aparecen: Los nombres del aire; En los labios del agua; Los demonios de la lengua; Con la literatura en el cuerpo.

Autores: Entrevista a Bryce

La amigdalitis de Tarzán,  narra la relación amorosa de dos personajes a lo largo de treinta años. Pero como cada uno siente a su manera el dolor de garganta, a continuación ofrecemos un fragmento de una entrevista realizada al autor de esta obra:

¿Qué cosas raras le están sucediendo ahora?

Sobre todo me están pasando cosas aburridísimas, torturantes: no veo la hora de terminar con esto, no tiene nada que ver con el regreso a un país, te ponen tantas trabas para realizar tu sueño. Probablemente estoy viviendo el momento más difícil de mi vida.

¿Quién es en realidad María Fernanda de la Trinidad, etc, etc?

Es un personaje realmente inventado. Mis amigos me preguntan, pero de dónde te has sacado a ésta que no la conocíamos.

¿Cree que el lector cómplice va a encontrar su propia biografía en La amigdalitis de Tarzán?

Sí, creo que la gente va a tomar conciencia de cuántas veces ha perdido la hora de llegada en la vida y no se ha dado cuenta.

¿Hay quienes sí llegan a tiempo?

Pues sí, los seres maduros llegan a tiempo.

“Los escritores somos tres o cuatro obsesiones, luego hay algunos que tienen una sola y por eso son mejores”. ¿Cuáles son sus obsesiones, Bryce, numeradas?

Creo que soy una persona de una sola obsesión, que apuesta por la amistad, por la lealtad, por la fidelidad: tengo todas las cartas a un solo número.

bryce_tarzan