Alguna vez dije: Vaya días para olvidar, experiencias que quisiera borrar.
No, déjalas ahí, sino:
que vas a aprender
y así no cometer el mismo error
que vas a aprender
y así saber por donde no
que vas a aprender
y así saber por donde si
que vas a aprender
y así saber
hacia donde voy hoy
Mes: febrero 2006
¡Cómo se me fue a pasar!
Magnífico Cortázar (un aniversario más)
Fragmento de una entrevista a Julio Cortázar, platicando sobre su obra (incluyendo Rayuela)
—Hay dos maneras de influir en la gente joven. Hay la manera que no les gusta, de enseñar con textos y teorías y hay otra manera, la que tú describiste una vez: poner una película de Buster Keaton en vez de enseñar. Esto es lo que es Rayuela para los jóvenes. Les acompaña; no están tan solos, tienen compañía.—
Claro. Te puedo dar un ejemplo muy patético. Un día recibí una carta de los Estados Unidos, de una niña, una chica de diecinueve años, encantadora, que escribía muy bien, poeta. Me decía: «Dear Mr. Cortázar, le escribo para decirle que su libro Hopscotch me ha salvado la vida». Cuando leí esa primera frase, me quedé…, porque es terrible sentirse responsable de la vida de los demás, ¿no? Me decía: «mi amante me abandonó hace una semana. Yo tengo diecinueve y es el único hombre que había conocido, lo amaba profundamente y cuando me abandonó, decidí suicidarme. Y no lo hice en seguida porque tenía algunos problemas prácticos que resolver» (tenía que escribirle a su madre, en fin, ese tipo de cosas de los suicidas, ¿no?). «Pasé dos días en casa de una amiga y encima de una mesa había un libro que se llamaba Hopscotch. Y entonces empecé a leerlo. Yo me iba a matar al día siguiente y había comprado ya las pastillas. Leí el libro, lo seguí leyendo, lo leí toda la noche y cuando lo terminé, tiré las pastillas porque me di cuenta de que mis problemas no eran solamente los míos sino los de mucha gente. Y entonces quiero decirle que Ud. me ha salvado la vida. Y que ahora, a pesar de lo triste que estoy, pienso que tengo diecinueve años, que soy joven, que soy bonita—es una carta muy ingenua—, que me gusta bailar, que me gusta la poesía, que quiero escribir poesía, que ya he escrito para mí poemas y voy a tratar de vivir.» Fíjate la impresión que me hizo a mí esta carta. Fue increíble. Entonces yo le contesté dos líneas diciéndole, «mira me haces muy feliz al pensar que la casualidad ha hecho que yo haya podido ayudarte como un amigo, porque si a lo mejor hay mucha gente que piensa matarse y un amigo está allí, y lo toma así, lo convence de que es una tontería». Bueno, el libro era el amigo porque fue como si yo estuviera allí. Y desde entonces, hace cuatro años de esto, nos escribimos; ella me escribe, me manda poemas y le va bien. Supongo que tiene otro amigo y que está viviendo muy bien, ¿comprendes?
—Podemos añadir a una tercera etapa, todavía cronológica, con Historia de cronopios y de famas y con Rayuela, donde tú entras de lleno en la tentativa de cambiar la realidad, de buscar la autenticidad en la vida y en la literatura con una buena dosis de humor, de juego y de optimismo.
Entonces, en Rayuela sobre todo, hay ese sentimiento continuo de estar en un mundo que no es lo que debería ser porque—y aquí hago un paréntesis que me parece importante—, ha habido críticos que han pensado que Rayuela era un libro profundamente pesimista en el sentido de que no se hace en él más que lamentar el estado de cosas.
Yo creo que es un libro profundamente optimista porque Oliveira, a pesar de su carácter broncos, como decimos los argentinos, sus cóleras, su mediocridad mental, su incapacidad de ir más allá de ciertos límites, es un hombre que se golpea contra la pared, la pared del amor, la pared de la vida cotidiana, la pared de los sistemas filosóficos. Se golpea la cabeza contra todo eso porque es un optimista en el fondo, porque él cree que un día, ya no para él pero para otros, algún día esa pared va a caer y del otro lado está el «kibutz del deseo», está el reino milenario, está el hombre verdadero, ese proyecto humano que él imagina y que no se ha realizado hasta este momento.
—¿Sabes por qué lo pregunto? En Rayuela, Oliveira siempre está pensando en cruzar un puente o llegar al absoluto, al centro, al kibutz, pero la persona que lo puede hacer muy fácilmente es una mujer, la Maga. En el Libro de Manuel parece que otra vez es la mujer, es Ludmilla yendo con la Joda que tiende el puente a Andrés.
—Me parece una excelente hipótesis tuya pero yo no te puedo confirmar. Como pasa siempre con las obras abiertas, es perfectamente posible.
—Fíjate también en Talita que es la que cruza el puente.
—Sí, siempre es una de las figuras femeninas la que hace el pasaje o que le muestra el pasaje a un hombre. Sí, es cierto.
Pregúntenle a Bryce
ESCRIBO PARA QUE ME QUIERAN MAS
Usted ha dicho que la literatura entretiene y hace feliz a mucha gente y que eso es ya bastante justificación para consagrarse a ella, y ha dicho también que vino a este mundo para tratar de divertirse en él y que nada, ni la literatura, se lo impediría. ¿Es quizás por eso que su libro preferido es La felicidad ja ja?
–Lo fue. «En medio de mi tragedia tuve la suerte de conocer a una muchacha hipersensible y llena de fantasía… maravillosa, heredera de una gran fortuna.
Ella estudiaba en Nanterre y un día me propuso que nos fugásemos juntos. Le respondí que entraría en su casa por la puerta principal. ‘No podrás’, me dijo, y tenía razón: un día me agarró la policía y casi me mata.
«Supongo que esta anécdota no viene a cuento, pero aquella muchacha y el mundo que me reveló posibilitaron que yo escribiese La felicidad ja ja, un libro siempre querido por las circunstancias que rodearon su gestación y realización.
No, yo no escribo para lectores del futuro, lo hago para una persona que me quiera… puede ser una mujer o un amigo, y ese lector que es ideal y muy real al mismo tiempo se vuelve todo el conjunto de los lectores posibles en ese momento.
Escribo para probarme a mí mismo, para que me quieran más. Dije una vez que no se podía escribir un buen libro si no se estaba enamorado.
Yo, por lo menos, necesito de ese entusiasmo del amor para hacer mi trabajo con cariño, lograr la empatía y comprender por igual al verdugo y a la víctima.
Tengo entendido que el éxito de la publicación de “Un mundo para Julius” le provocó una depresión que le impidió escribir durante cuatro años y que hasta llegó a jurar que no iba a escribir más. ¿Esto es verdad?
Sí, es verdad. Logré superarlo con un intenso tratamiento médico que duró cuatro años, luego encontré una chica que me ayudó y volví a escribir un libro casi sin darme cuenta, ella me sacó el texto…, la muy condenada.
¿Cómo es su jornada de escritura? ¿Tiene cábalas de algún tipo?
No… cábalas no muchas, sólo el aislamiento máximo, generalmente en una isla de a verdad; me llevo mucha literatura y música, escribo con horarios rígidos y hago mucho deporte. Escribo en computadora pero corrijo a mano.
* Texto tomado de una entrevista a Alfredo Bryce Echenique.